Con la muerte el pasado día 11 del empresario Fernando de Vilallonga, ha desaparecido uno de los promotores más representativos del boom inmobiliario de los años 60 y 70 en las comarcas gerundenses. Propietario de una quincena de empresas de los más variados sectores, desde el sector lúdico hasta la compraventa de fincas, pasando por la alimentación, los mármoles y la industria química, Vilallonga pasará a la historia por haber sido uno de los impulsores de Empuriabrava y el creador de la urbanización de Montjuïc.
Hijo de una familia terrateniente y carlista de Santa Coloma de Farners, Nando Vilallonga heredó no tan solo la fortuna, sino también las raíces conservadoras y religiosas de su linaje. Hombre de misa, caballero en las formas y en la palabra, supo nadar y pescar en las aguas del franquismo, e hizo crecer con más o menos éxito un grupo empresarial que en el momento de su muerte, a la edad de 70 años, supera la quincena de sociedades. Entre ellas hay Aroparc SA (parque acuático de Playa de Aro), Graminsa Madrid y Piedra España Madrid (explotación de canteras), Mármoles Gerona SA, Quimiconsa (pinturas), Mineaquímica (detergentes) y Aigües Faner (aguas potables de Llançà). También era propietario de Mas Parés (productos derivados del pato), Àngel del Bosc (granjas), Foie del Vent Figueres y Bram Foie Gras Francia. Todo esto sin olvidar la gestión de patrimonio —Pirineo B— y especialmente los negocios inmobiliarios: la empresa de Ciudad Real Cotos de Ruidera SA, Grupo Ampurdán de Obras y Servicios, Nàutica Empuriabrava (sociedad explotadora de esta marina) y Urvisa, promotora de Montjuïc.
Casado con Maria Rosa Ginjaume y padre de cinco hijos, Vilallonga subió escalones en el mundo empresarial gerundense junto a otro peso pesado de los negocios: su cuñado y socio Miquel Arpa. En 1964, cuando el maná del turismo había empezado a caer sobre la migrada economía española, Vilallonga y Arpa crearon con dos socios más —Germán Moren y Lluís Canals— Eurobrava SA. Esta empresa, nacida con un capital social de 23,5 millones, sería la que con el paso del tiempo acabaría invirtiendo más de 4.000 millones para hacer realidad en Castelló d’Empúries el sueño faraónico de Empuriabrava. El proyecto de convertir en una marina residencial las 600 hectáreas de terreno propiedad del marqués de Sant Mori topó con la oposición del alcalde Pere Coderch. El alcalde exigía a los promotores que construyeran una carretera hasta Castellón, puesto que intuía que si no se hacía esto, los residentes de la urbanización irían siempre a Roses. Este obstáculo lo eliminaron pronto Vilallonga y sus socios utilizando el arma típica de la época: las influencias. En octubre del 1966, el gobernador Hellín Sol ordenó al consistorio la celebración de un pleno con el único punto en el orden del día: la destitución del alcalde.
El sustituto, Joan Casadevall, sintonizó perfectamente con los promotores y un mes después de tomar posesión, ya se acercaba el plan parcial de Empuriabrava. Treinta kilómetros de canales navegables —construidos por una brigada de picapedreros gallegos — 54 kilómetros de calles, más de 10.000 parcelas —una de ellas regalada a Dalí— y el mismo número de puntos de amarre reflejan la magnitud de una obra que transformó la zona.
A lo largo de este cuarto de siglo de existencia de Empuriabrava, los habitantes de la Venecia catalana, más de 75.000 en verano, han tenido todo tipo de problemas. Algunos derivados de deficiencias iniciales, como por ejemplo la insuficiente red de alcantarillado y la carencia de aceras y de desniveles para evacuar el agua de la lluvia, y otras, causadas por la descontrolada actividad de promotores, que, según los creadores de Empuriabrava, desvirtuaron el proyecto original. Problemas, en definitiva, que han causado mil y un dolores de cabeza al Ayuntamiento.
La afición de Nando Vilallonga por el deporte —practicaba la caza, la pesca submarina y era piloto de avionetas— lo llevó a impulsar el Aeroclub Girona y a convencer a sus socios de que la construcción de un aeródromo en Empuriabrava podría ser un buen reclamo para la urbanización. Para obtener el permiso, Vilallonga se entrevistó en Madrid con el ministro de Gobernación Salvador Benjumea, a quien hizo ver la absurdidad de una ley que prohibía los aeropuertos a menos de 100 kilómetros de la frontera para evitar invasiones extranjeras.
Sin embargo, Vilallonga no tuvo éxito con la idea de construir un aeródromo y una urbanización en Llagostera (el proyecto fue presentado en 1979 y todavía se está tramitando) ni tampoco con las peticiones de abrir casinos de juego en el club náutico de Empuriabrava y en el Castell d'Empordà.
La otra gran operación inmobiliaria de Nando Vilallonga fue el parque de Montjuïc. En 1961, el Ayuntamiento de Girona acordó pedir al Ministerio de Hacienda que le cediera el castillo y los terrenos de alrededor, pero curiosamente la petición no se llevo a término y las veinte hectáreas fueron a subasta y pasaron a manos de Urvisa, la empresa de Vilallonga. En 1967, se añadieron nueve hectáreas más gracias a la sospechosa decisión del Ayuntamiento de convertir en urbanizable una zona que el Pla General de 1955 preveía como verde.
Con todos estos terrenos y otras fincas que anteriormente ya eran de su propiedad, el empresario podía empezar a pensar en sacar adelante una urbanización que, según uno de los eslóganes publicitarios, permitiría "vivir a dos minutos del centro de Girona y respirar el mismo aire que el ángel de la catedral". Pero antes había que echar a los centenares de barraquistas que vivían en la zona del castillo, un problema que fue solucionado con inusual rapidez por las autoridades, que construyeron viviendas sociales en otros lugares de la ciudad. En 1971 cayó la última barraca y se empezaron a vender parcelas, pero con la llegada de la democracia la suerte dio la espalda a Vilallonga: el Ayuntamiento le obligó a ceder terrenos y el sueño de convertir Montjuïc en un área residencial autosuficiente se desvaneció a causa de la negativa de los comerciantes de abrir tiendas en el gran edificio comercial construido por la inmobiliaria, unos locales que tampoco verían hecha realidad la operación de instalar los juzgados.
Mientras tanto, las ruinas del castillo —ahora propiedad municipal— continúan esperando un destino incierto. En los años 70, Vilallonga había propuesto al Govern hacer un parador nacional, pero la oposición del alcalde Ribot, partidario de hacerlo en Les Àligues, dio como único resultado que la ciudad perdiera este equipamiento hotelero.
Conocía a Nando Vilallonga de los años de Presencia. Nos ayudaba a menudo con anuncios de sus empresas: jabones, mármoles y, entonces, Empuriabrava. Tuvimos largas charlas. Nando se declaraba franquista, pero no lo era. De la dictadura fascista le venía bien el orden, la seguridad, el respeto por la propiedad, la paz. Pienso que en ideas no iba más a la derecha que un Pla, pongamos por caso; el valor de la moneda, el respeto por la iglesia y que el gobierno nos cueste baratito. Cuando capitalizábamos la empresa que tenía que sacar El Punt a la calle, teníamos claro que la independencia de la publicación solo se podía garantizar si el 50 por ciento del capital quedaba en manos de la cooperativa de lectores. Por eso dedicamos el máximo esfuerzo a captar socios de 25.000 pesetas. Pero el otro 50 por ciento se tenía que encontrar también, y lo tenían que aportar accionistas de 100.000 pesetas. Esta segunda parte, que parecía la más fácil, resultó la más difícil. Cuando el periódico salió, se habían apuntado casi todos los 600 cooperativistas que nos hacían falta. En cambio, hubo muy pocos accionistas. Expliqué el proyecto a Nando. Él había tenido la intención de sacar un periódico en Girona. Incluso había registrado el nombre de Diari de Girona y había encargado un presupuesto a una empresa especializada. Después de escucharme mostró su extrañeza a que pudiéramos salir solo con 30 millones cuando los cálculos que él tenía hablaban de 60 millones. Le expliqué el secreto: no comprábamos rotativa (una solución original entonces, que después ha copiado todo el mundo). De repente me miró y me dijo: —Si basta con 30 millones, hacemos el periódico tú y yo. No nos hace falta nadie más.
Y cuando le informé que yo no tenía 15 millones, me dijo: —No pasa nada. Yo pongo los tuyos y los míos. Lo decía en serio. Era una buena oportunidad, pero no la podía aceptar. Tenía claro que la cooperativa, además de garantizar la independencia del periódico, le daba una audiencia inmediata que no se podía perder por intereses de nadie. Entonces me preguntó cuánto dinero tenía que poner para sumarse al proyecto tal y como era. Le sugerí que 500.000 pesetas, porque poner más dinero podía parecer que quería controlar el periódico. Puso 500.000. Era el mayor accionista del periódico, solo superado por la Caixa de Girona, que yo recuerde. Los otros socios individuales se limitaron a una acción por persona. Hizo más, me ofreció gratuitamente la cabecera del Diari de Girona que tenía registrada (curiosamente había una duplicidad con otro registro a nombre de Manuel Bonmatí, que también había encargado un presupuesto y también fue socio de El Punt). No lo acepté tampoco porque creíamos que el nombre de un periódico que pretendía ser comarcal no tenía que lastrarse con el peso del nombre de la capital provincial. Teníamos en aquel momento la idea de resucitar la cabecera del periódico competidor del que me proponía Vilallonga: L’Autonomista, que habíamos registrado legalmente. No pudo ser a causa de la oposición de la familia Rahola, cuyos deseos respetamos. Y aun cuando el dinero que habían reunido antes de empezar (poco más de 17 millones) se acabaron y el periódico tenía problemas cada fin de mes para pagar las nóminas, Nando Vilallonga aceptó formar parte de las ruedas que hacíamos para pedir créditos personales avalados que la Caixa nos concedía.
—Firmar significa pagar... Me decía Nando. Pero firmaba. Y no tuvo que pagar, a pesar de los pronósticos.
Todo esto, y muchas más cosas, me han venido a la mente cuando he leído una corta necrológica en El Punt. He sabido que cuando murió vivía en Llançà. Pienso que debió dejar Girona, su gran mansión en Montjuïc, un poco aburrido, desengañado. Vilallonga quería mucho el país, la ciudad. Había hecho negocios como hacían todos quienes podían en la época. Algunos buenos y otros malos. Había ganado dinero, pero trabajando siempre muy duro, intentando ser el primero. Estoy seguro de que mucha gente no le perdonó nunca que fuera más listo que ellos. Y con los años tuvieron más en cuenta sus errores que sus aciertos. La envidia siempre es injusta. Yo creo que el balance final es altamente positivo para la ciudad y para el país. Creo que alguien tenía que decirlo, desde El Punt, que él había ayudado a fundar.
Que el amigo Nando Vilallonga descanse en paz.