Era el verano de 1961 cuando el señor Ferran Vilallonga realizó una gesta en aguas del Cap de Creus, en la cual salvó la vida de un submarinista que acababa de sufrir una crisis que habría podido ser fatal. Este hecho resultó decisivo porque pocos meses después, en enero de 1962, le fue otorgada la segunda “Llança d’Or”. Aun así, no se puede circunscribir a este hecho puntual la figura de una persona que tuvo otros componentes de protagonismo en la existencia del Llançà de aquellos años; en cualquier caso, un protagonismo mucho menos vistoso.
Nacido Santa Coloma de Farners en 1924, el señor Ferran Vilallonga murió setenta años después. Era el heredero de una saga desiete hermanos, que quedaron huérfanos a causa de los avatares propios de la Guerra Civil. Como propietario rural, sufrió la persecución de los pelotones incontrolados de aquellos tiempos, que finalmente precipitaron que intentara atravesar los Pirineos para ir a la zona denominada nacional: intento frustrado cerca de la Collada de Toses, entre otras causas por el duro frío invernal.
Este hecho, tener que asumir responsabilidades familiares a una edad muy temprana, probablemente tuvo poco o mucho que vera en la autorealización de una personalidad viva y despierta, muy hecha a si misma.
—Son personas que se hicieron a si mismas, porque las circunstancias lo imponían —remarca inteligentemente su viuda, la señora Maria Rosa Ginjaume, en la residencia que la familia mantiene cerca de la Farella.
La vinculación con Llançà fue motivada justamente por las relaciones sentimentales con ella, miembro de una familia que hacía un cierto tiempo que veraneaba en el Puerto. La boda favorecería todavía más los vínculos con Llançà, vínculos motivados por su vocación por los negocios inmobiliarios, a la cual se lanzó convencido y con gran éxito en aquellos años. En unos años en que esta industria —si se nos permite la expresión— se abría a unos momentos dulces, no intuidos por todo el mundo.
—La cosa del turismo parecía una utopía. Aquí nadie creía en ella. Él tenía visión de futuro, veía que las cosas tenían que cambiar. A veces compraba un terreno que todo el mundo le decía que no serviría para nada y, en cambio, poco a poco, la cosa se iba transformando.
Y esta visión de futuro lo llevó a promover la urbanización de la zona de Fané, para lo cual primero tuvo que asegurarse el suministro de agua y de fluido eléctrico y la urbanización. En cualquier caso, este no fue un inicio especialmente complicado para quién fue el inductor y realizador de una iniciativa tan espectacular como Empuriabrava, en un proceso bastante insólito que la señora Vilallonga explica con detalle.
—Le gustaba mucho volar; se había sacado el título de piloto privado en Perpiñán. Y tenía relaciones y veía que había intercambio entre pilotos de varios países y creyó que en esta zona hacía falta que hubiera un aeropuerto. Vio que esto era importante y volando descubrió las posibilidades que tenía el Golfo de Roses. Buscaban un terreno plano, pero el problema eran las marismas, humedales, y además de diferentes propietarios, aunque quién tenía la mayor parte era el marqués de Sant Mori.
A partir de aquí, del objetivo inicial único de construir un aeródromo, vino el resto a partir de una sociedad creada con el mencionado noble ampurdanés y el cuñado del señor Lorda, Miquel Arpa. La idea de los canales surgió miméticamente, de conocer construcciones hasta cierto punto parecidas de Miami.
—Nadie creía en Empuriabrava y que aquello acabara siendo lo que ha sido —ha insistido una vez más la señora Ginjamue—. Los canales los hicieron trabajadores procedentes de Galicia que trabajaban muy bien la piedra— ha añadido para ayudar a situar el alcance de una realización con rasgos casi faraónicos.
En el número 32 de Miranda correspondiente al mes de septiembre de 1961, en la sección calidoscópica titulada “Álbum de la Villa” se lee este escrito, que responde al subtítulo de “Salvamento”.
«El día 3 del corriente, el Sr. Vilallonga, conocido por todos, en un acto de heroísmo y amor al prójimo y realizando un esfuerzo superior a sus capacidades, se sumergió a 15 metros de profundidad para salvar a un compañero. Reciba desde estas líneas mí más humilde, pero cordial y sincera felicitación.»
Dos números más adelante, en el 34, correspondiente al mes de noviembre de 1961, se dedica una columna entera a este hecho con el encabezamiento del nombre de su protagonista. Transcribimos una parte del escrito: «Mañana de Domingo, tres de Septiembre. Dos embarcaciones ponen proa a Cap Creus. En ellas van dos pescadores, Javier Chaparro y Fernando Vilallonga. Una vez allí, el primero desciende una y otra vez en persecución de un mero. Cuando, de repente, el mar quiere cobrar su tributo: el joven submarinista, en plena inmersión, sufre un colapso.
»Inconsciente, se va hundiendo metros en las aguas. El abismo es terrible. Las posibilidades de salvamento, escasas.
»El Sr. Vilallonga no había descendido nunca a tal profundidad, pero se sobrepone al pánico y se sumerge. El fusil yace en una cornisa de las rocas. La incertidumbre de alcanzar al hombre del fondo pone al salvador en el trance de tener que dispararle el arpón, para izarle a la superficie. Pero no es necesario, con un supremo esfuerzo logra recogerlo. Luego, en la subida, la agobiante sensación de la asfixia. Al borde de la resistencia logra el Sr. Vilallonga llegar a la barca. Una vez allí pierde el conocimiento.
»Aquí dejamos el suceso. La exposición sería larga...
»A nuestro juicio, queda este salvamento como la nota más destacada del verano local. Y Fernando Vilallonga, como nuestro hombre más representativo.»
Cómo se puede ver, hay una preocupación hasta cierto punto ingenua para crear un relato heroico y grandilocuente. En cualquier caso, la cosa más importante, dicho esto, es constatar la atención tan manifiesta que otorgó al hecho Miranda y como esto demuestra hasta qué punto los hechos golpearon al pueblo. La señora Ginjaume amplía detalles de primera mano, que ayudan a situar el alcance del acontecimiento.
—Aunque conocía más el mundo de la tierra que el del mar —le gustaba mucho cazar-, aquí se aficionó a la pesca submarina, quizás por el parecido con la cacería. Antes de que me conociera, prácticamente no sabía nada del mar. Salía muchísimo a hacer pesca submarina a pulmón libre. Aquello fue el resultado de la confluencia de muchas casualidades. Fue providencial. Fue al Cap de Creus con los tres hijos en una barca que teníamos que no era muy grande. Y, mientras estaban allí, se cruzaron con otra barca donde iba aquel chico, que era subcampeón de España de pesca submarina. Sí, sí era un experto. Y se pararon y hablaron ambos sin conocerse. Y a mi marido, le sorprendió que llevara un cinturón muy cargado de pesos. Y el chico le enseñó y le mostró como en caso de peligro era muy fácil sacárselo y como se hacía. Este chico iba atado a la barca por una cuerda.
——El chico se lanzó al fondo. Y mi marido llevaba un espejo en la barca y fue mirando como se iba hundiendo y se dio cuenta que al fondo había arena y observó como, al llegar a la arena, el fusil le cayó y que se quedaba estirado. Entonces dijo: "Le está pasando algo". Y pensó que no llegaría. Por eso cogió el fusil pensando que si se lo clavaba en la pierna podría arrastrarlo. Pero llegó a él, como sabía como se desenganchaba el cinturón lo hizo y, como pudo, lo llevo a la superficie sin hacer uso del fusil.
—En este punto pronuncia una frase definitiva: —Estas cosas si se piensan mucho no se hacen, él solo pensó: "se tiene que salvar". Y eso que le decía de las casualidades, al llegar a la superficie pasaba una barca en la cual iban médicos y allí mismo lo pudieron empezar a auxiliar.
Según explica la misma señora Vilallonga, se atribuyó el desmayo del joven al hecho que estuvo demasiado tiempo inhalando gases del tubo de escape de la barca y esto, con el sobreesfuerzo de la inmersión, favoreció el accidente.
Tres meses de recuperación fueron el balance para aquel joven submarinista mientras que para el señor Vilallonga aquel esfuerzo extraordinario no dejó, felizmente, rastro en su salud. Sí que lo dejó en su ánimo, como precisa muy bien una vez más la señora Ginjaume cuando le pregunto si él recordaba mucho aquella vivencia.
— Mucho, aquello lo impresionó mucho. Mire si lo impresionó que nunca más volvió a hacer pesca submarina. Nunca más quiso coger el fusil.
El señor Vilallonga hizo otras cosas por Llançà además de urbanizar Fener o poner el nombre de la población a la gesta que acabamos de rememorar. En el número 42 de la mencionada y admirable publicación llansanense se habla de un proyecto de festival de música auspiciado por él mismo, festival que en principio tenía que organizar la revista y que, finalmente, se quedó en nada por causas diversas. Era amigo del padre Benet y esto quiere decir algo.
—Era un personaje, el padre Benet. Tenía una fuerza tremenda. Había dado clases de latín a mis hijos —recuerda la señora Ginjaume. Y añade:
—Mi marido era una persona que si alguien le pedía algo lo ayudaba. Tanto si podía como si no, procuraba hacerlo. Siempre tenía la intención de ayudar. Y no solo aquí sino en otros lugares. Lo que pasa es que muchas veces hacía cosas y no lo sabías. Probablemente ayudó en cosas que hacía aquí el padre Benet. Era muy religioso; venía de una familia muy religiosa. El padre fue perseguido antes de la guerra. Mi marido lo sacó escondido dentro de un colchón encima un carro, simulando que hacían un traslado de muebles y salieron en medio de milicianos y lo llevaron a Sant Feliu de Pallarols. Y él era solo un chico y tuvo que ponerse al frente. Tenían que hacer alpargatas para mantenerse, que su padre les había hecho un patrón. Y cuando supo que había muerto en la Collada de Toses localizó su cadáver y lo enterraron en Santa Coloma de Farners. Formó parte de una gente que tuvo que hacer frente a unas circunstancias muy duras. Eran gente hecha a sí mismos, porque las circunstancias lo requerían —ha reiterado una vez más la señora Ginjaume.
Volvemos a este documento capital de la historia cercana de Llançà que es la recopilación facsímil de todos los números de Miranda. En el número 36, correspondiente a enero-febrero de 1962, con el título de "La segunda Festa de les Llances tuvo carácter emotivo", el subtítulo remarca la entrega del galardón al señor Ferran Vilallonga. Se puede leer:
«Ahora que estamos de vuelta lo consideramos muy tranquilamente: pero las "llances" son un serio compromiso.
»Ellas son humana expresión de reconocimiento de méritos y no pueden ignorar su alerta ya que su rectilínea afilada debe apuntar con acierto.Y no es cierto el letargo aparente durante parte del año sinó que mantiene sorda pero constante actividad.»
Se señala que el acto contó con la presencia del periodista gerundense Narcís Jordi Aragó, que hizo el discurso de elogio del galardonado, mientras que la imposición de la Llança fue a cargo del señor Joaquim Pey.
La crónica remarca más adelante:
«El señor Vilallonga pronunció unas palabras de sentido agradecimiento y de improviso el señor Chaparro, padre del submarinista rescatado en el mar, intervino saturando el ambiente de emoción, que llegó a desbordarse en frenético aplauso cuando aquellos que pudieron torcer el camino de la tragedia se abrazaron ante nosotros.»
Acabamos con unas palabras de la señora Ginjaume que creemos que resultan muy útiles para situar, definitivamente, la figura del señor Vilallonga:
—Más que una persona importante, era una persona singular. Salía de lo que era normal en la gente. Tenía una atracción especial, porque veía muchas cosas que los otros no veíamos. Parecía que veía el futuro y en realidad lo veía.